No todos los superhéroes llevan capa; algunos llegan dentro de una vaina, como las judías. Y es que las legumbres son un auténtico superalimento, no solo por los beneficios que aportan a quienes las consumen de forma habitual, sino también por su impacto positivo en el planeta. Protagonistas indiscutibles de una alimentación sana y equilibrada, destacan por su versatilidad en la cocina, su facilidad de consumo y su excelente capacidad de conservación.
¿Sabías además que garbanzos, lentejas, judías y guisantes tienen una baja huella ambiental? Por todo ello, no es casualidad que se las considere uno de los alimentos del futuro.
Son muchos los motivos para fomentar su consumo, y así lo reconocen también las principales instituciones internacionales. Tanto es así que la ONU ha instaurado una jornada dedicada a ellas: el 10 de febrero, Día Mundial de las Legumbres con el lema para este 2026 “Las legumbres del mundo: de la modestia a la excelencia”.

Además, este año ha sido elegida Castilla y León como sede del Día Mundial de las Legumbres 2026, en reconocimiento al papel clave de la Comunidad como principal región productora de legumbres en España.
¿Qué son las legumbres?
Las legumbres son las semillas comestibles de las plantas leguminosas, cultivadas tanto para la alimentación humana como animal.
Judías, garbanzos, lentejas, guisantes y altramuces son las más conocidas y consumidas. Destacan por su larga capacidad de conservación, una característica que contribuye a reducir las pérdidas y el desperdicio alimentario.
Existen muchas otras variedades repartidas por todo el mundo, todas con un denominador común: aportan proteínas, vitaminas y minerales, y ayudan a enriquecer y diversificar nuestra dieta diaria.
Legumbres, nutrientes para un futuro más sostenible

La FAO ha definido a las legumbres como “nutrientes para un futuro sostenible”, al considerarlas auténticas fuentes de bienestar y la base de algunas de las dietas más longevas del mundo. En los últimos años han sido redescubiertas no solo por su incuestionable valor nutricional, sino también por sus credenciales medioambientales.
Guisantes, almortas, soja y el resto de su “familia” se sitúan entre las fuentes de proteína con menor huella hídrica. Para obtener un gramo de proteína, requieren entre un 30 y un 40 % menos de agua que alimentos como la leche, los huevos o la carne de pollo, lo que convierte a las leguminosas en una opción especialmente eficiente desde el punto de vista agronómico y medioambiental.
Las leguminosas también salen claramente beneficiadas al comparar la superficie de terreno necesaria para su producción. Mientras cultivos como las habas o los guisantes se destinan directamente al consumo humano, las proteínas de origen animal llegan a nuestra mesa de forma indirecta, ya que antes es necesario alimentar y criar a los animales con otros cultivos que, a su vez, requieren tierra, agua y recursos adicionales.
Pero sus ventajas no terminan ahí. Gracias a sus raíces profundas, muchas leguminosas presentan una mayor resistencia a la sequía en comparación con otros cultivos más extendidos. Esto las convierte en una fuente de alimento más segura y estable, incluso en escenarios de incertidumbre climática, y especialmente relevante ante un calentamiento global cada vez más acusado.
Además, las plantas leguminosas aportan beneficios al conjunto del ecosistema: sus flores son una excelente fuente de néctar y polen para los insectos polinizadores, fundamentales para el equilibrio del entorno natural.
La cultivación de las plantas leguminosas tiene además un valor agronómico fundamental, ya que permiten fijar el nitrógeno atmosférico y hacerlo disponible para el resto de plantas. Es una capacidad única en el reino vegetal: transformar el nitrógeno, un gas muy abundante en el aire, en amoníaco, un elemento mucho más escaso que las plantas utilizan después para formar proteínas y crecer mejor. El nitrógeno es imprescindible para garantizar la productividad del suelo, pero su acumulación excesiva tiene efectos negativos sobre los suelos, las plantas, los animales y también sobre las personas. Gracias a la propiedad de las leguminosas de transformarlo en amoníaco, las leguminosas pueden desarrollarse sin necesidad de fertilizantes nitrogenados o con un aporte mínimo. Además, dejan parte de ese nitrógeno en el suelo, donde puede ser aprovechado por otros cultivos.
Cómo fijan el nitrógeno las leguminosas
Hace aproximadamente 100 millones de años, las leguminosas desarrollaron una capacidad única: alojar bacterias beneficiosas en estructuras específicas de sus raíces, conocidas como nódulos radiculares. En su interior, estos microorganismos transforman el nitrógeno presente en el aire y en el suelo en una forma asimilable por la planta, que lo utiliza como nutriente para su crecimiento.
Gracias a esta simbiosis natural, los cultivos de leguminosas requieren una menor aportación de fertilizantes nitrogenados en comparación con otros cultivos, lo que supone una ventaja tanto agronómica como medioambiental.
Por este motivo, el uso de habas, guisantes o lentejas en la rotación de cultivos es hoy una práctica habitual en agricultura ecológica, donde se valoran como un auténtico fertilizante natural.
Legumbres y tradición gastronómica: un vínculo inseparable
En nuestro país, la cultura gastronómica está profundamente ligada a los platos de cuchara elaborados con legumbres, recetas que forman parte de nuestra identidad y que ponen en valor el entorno rural. Recuperar y apostar por legumbres tradicionales supone no solo preservar este patrimonio culinario, sino también apoyar al territorio y proteger la biodiversidad agrícola, rescatando alimentos que durante años han sido injustamente olvidados.
Desde el punto de vista nutricional, las legumbres son además una fuente importante de hierro, potasio, fósforo y ácido fólico, y presentan otra ventaja clave para muchos consumidores: no contienen gluten, lo que las hace aptas para todo tipo de dietas.
Además de ser reconocidos por sus valores nutricionales, las legumbres desempeñan un papel relevante en la prevención de problemas de salud como la anemia y contribuyen a reducir el riesgo de enfermedades como el cáncer, la diabetes o las patologías cardiovasculares.
Es cierto que los tiempos de remojo y cocción de las legumbres secas pueden percibirse hoy como una barrera para algunos consumidores. Sin embargo, esta característica se convierte también en una de sus grandes ventajas: su excelente capacidad de conservación, incluso durante largos periodos de tiempo, permite disponer de un alimento saludable, natural y accesible en cualquier momento, sin necesidad de refrigeración y con un desperdicio mínimo.
Legumbres, la fuente alternativa de proteínas vegetales
Como fuente alternativa de proteínas vegetales, las legumbres desempeñan un papel clave en la protección del medio ambiente. Y, sin embargo, su potencial está aún lejos de aprovecharse plenamente. Aunque el 14,5 % de la superficie agrícola mundial se destina al cultivo de leguminosas, en Europa esta cifra apenas alcanza el 1,5 %. Un dato que invita a reflexionar y que pone de relieve la necesidad de recuperar y fomentar estos cultivos esenciales para una agricultura más equilibrada y sostenible.
Desde la semilla, cultivando un futuro más sostenible
En Rocalba creemos que la sostenibilidad empieza en el origen, y que cada huerto, por pequeño que sea, puede aportar su granito de arena. Sembrar legumbres no solo es una forma de obtener alimentos sanos y nutritivos, sino también de cuidar el suelo, favorecer la biodiversidad y apostar por una agricultura más equilibrada.
Desde hace generaciones trabajamos para ofrecer semillas de leguminosas adaptadas, fiables y de calidad, pensadas tanto para el agricultor profesional como para el horticultor y el aficionado al huerto doméstico. Apostar por judías, guisantes, habas o lentejas en nuestro huerto es una manera sencilla y directa de formar parte del cambio, recuperando cultivos tradicionales que miran al futuro.
Porque cultivar legumbres es sembrar salud, tradición y sostenibilidad… desde la semilla.







